viernes, 30 de mayo de 2008

INCIPIT. HISTORIA DE UN EX LIBRIS

Empieza aquí este blog dedicado a los libros (y a lo que se tercie y que guarde cierta relación con eso que llamamos cultura literaria) cuya denominación de origen tendría que haber sido "El desván de Xavier", pero que por esas exigencias del guión informático (esos malditos acentos que la máquina se niega a admitir), me he visto obligado a cambiar con un sinónimo. En fin, la idea es la misma que la que inspira la sección de mi página web que puede ostentar tal nombre: un espacio donde pueda almacenar textos y materiales de lo que en cierta ocasión denominé "filología recreativa", un blog misceláneo donde habrá un poco de todo (no por nada, las misceláneas eruditas del XVI y XVII eran uno de mis géneros predilectos).
Y como quiera que lo prometido es deuda, empezaré con la historia del ex-libris que ilustra esta primera entrada y que tengo casi como emblema oficial, una historia que, en la pluma de Trapiello, indudablemente ganaría más, pero que no me resigno a dejar que quede en el olvido. Porque de eso habla, precisamente: de olvido, de libros, de azares y destinos.

Como sabrá el lector (mentira, claro: es licencia poética), uno (éste sí que es puro Trapiello) dedicó varios años de su vida a escribir una tesis doctoral titulada La novela bizantina española: características y desarrollo (que llegó a publicarse en 1996 con el título levemente cambiado). En dicha tesis, como resultará obvio para el discreto lector que repare en el título, analizaba varias novelas bizantinas, entre otras obras mediocres y no tanto, desde el mismísmo Persiles hasta Entendimiento y verdad: amantes filosóficos (pestiño alegórico donde los hubiera o hubiese). Y un lugar principal lo ocupaba Eustorgio y Clorilene, novela de un cierto Enrique Suárez de Mendoza que no era de las peores, sino todo lo contrario: sabía conjugar las aventuras amorosas propias del género bizantino con reflexiones de carácter didáctico dedicadas al príncipe cristiano (un género en sí mismo) que la singularizaban dentro del conjunto, a lo que tendríamos que añadir una ambientación insólita, el este de Europa (no se olvide que suele hablarse de esta obra únicamente por ser una de las fuentes de La vida es sueño de Calderón).

Pero lo cierto es que mi historia no se refiere tanto a la obra en sí como a sus aledaños, a esa masa de seres que pulula alrededor del cadáver de un libro, los filólogos (yo el primero, que conste), dedicados, se supone, a desentrañar los secretos de una obra y a quienes en ocasiones tiendo a ver como una forma parasitaria de la literatura (yo el primero, que conste por segunda vez, y no voy a insistir más en ello). Porque si desconocida para los lectores era la obra de Suárez de Mendoza (tuvo tan solo dos ediciones en el XVII, para luego desaparecer en las bibliotecas, sin que nadie, hasta el siglo XX, volviera a reparar en ella), más desconocidos, anónimos e irrelevantes, eran todavía todos los que se dedicaran a escribir sobre la misma. Por ello, fijarme por un momento en un desconocido que, como yo, se hubiera aproximado a una de esas obras olvidadas, tan olvidadas, era una forma de hacer un pequeño homenaje a esa forma mínima de vida que tan escaso relieve, tan poca huella, consigue dejar en la cultura y en la literatura.
En fin, ese desconocido se llamaba J. Van Praag.
(Continuará, tal vez en otra parte).

1 comentario:

Paula dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.