miércoles, 11 de junio de 2008

Y si no le gusta… (contra las lecturas veraniegas, 2 + publicidad)

Ésta es otra de las lecturas escasamente veraniegas que os recomiendo vivamente, y que cuenta con un aliciente complementario. Dado que soy el traductor de la novela, me comprometo a reintegraros los casi veinte céntimos de euro que me corresponden por vuestro ejemplar en el caso de que la novela, o la traducción, no os gusten. Para ello, claro está, tendréis que presentarme (en persona) el ejemplar susodicho y argumentar vuestras objeciones de manera convincente.
Para no extenderme demasiado, copio el argumento de la síntesis que ofrece la editorial (Anagrama), así como una de las opiniones de un crítico italiano que sintetizan bastante bien el espíritu de de la obra:

La vida de Pietro Paladini, ejecutivo de una televisión de pago, sufre una convulsión un día en que, mientras está a punto de morir ahogado al salvar a una desconocida, pierde a la mujer con la que iba a casarse en pocos días. Instalado en un «caos calmo», Pietro se irá convirtiendo en el epicentro de un mundo que le transfiere su propio sufrimiento. Asistimos así a una progresivamente cómica peregrinación de personajes: un hermano triunfador con complejo de Peter Pan; una cuñada desquiciada; la mujer a la que salvó; sus compañeros de trabajo y sus jefes, quienes tratan de vencer su serena equidistancia y atraerlo hacia sus propias filas. Sólo su hija encontrará el camino que les permita seguir viviendo, aceptando las imposiciones de la madurez. Sandro Veronesi plasma en esta novela el caos de nuestras ciudades, de nuestras familias en crisis, de una economía fundada no ya en el valor del trabajo, sino en la pura especulación.
«En su última, hermosísima novela, Veronesi nos habla de sí mismo, de su generación, del mundo (que de repente parece haberse hecho «anormal»), de hijos y de padres, de las mitologías de la edad contemporánea, de la deriva de nuestro país, de la entropía afectiva y de la dificultad de adquirir experiencias respecto a las cosas. Y al mismo tiempo nos entretiene y nos divierte y nos sorprende en cada página» (F. La Porta, Il Reformista).


Vamos, que a partir de un trágico elemento inesperado, una muerte, la novela se va construyendo gradualmente como una (breve) comedia humana por la que desfilan personajes que, en su modernidad, no nos son nada ajenos. Y de la reticencia inicial (el primer capítulo es algo duro, ya lo veréis, en bastantes sentidos), os aseguro que iréis pasando a la sonrisa dibujada en vuestros labios hasta llegar a la carcajada en el desenlace.
Como señalaba el propio autor en su presentación de la novela, ésta no versa tanto sobre una crisis vital o de identidad que se resuelve en una parálisis emotiva o una concepción nihilista (o budista, que queda más moderno) de la existencia, como sobre un decisivo replanteamiento de la importancia que tiene, de vez en cuando, detenerse ante la vorágine de acontecimientos para verlos en su justa dimensión, tomar aire, y ser un punto de apoyo para lo único importante (se insistió bastante sobre el hecho de lo que implica, en nuestras vidas, “estar ahí”). Un autor, todo hay que decirlo, decididamente simpático, nada empalagoso ni engolado, que tuvo una animada charla con David Trueba en el Instituto Italiano de Cultura no ha mucho.

Si a todo ello añadís que sobre la novela está a punto de estrenarse en España la versión cinematográfica protagonizada por el gran Nanni Moretti, película que despertó las iras de la sacrosanta Iglesia católica en Italia, por una escena de sexo bastante subida de tono (¡dale caña a ésta también, Federico!), seguro que encontraréis algunas buenas razones para leerla.
Podéis ver más información y algunos tráileres (¡?) de la película en un post de Teresa Morales dentro de blogdecine.com.

lunes, 9 de junio de 2008

Más publicidad

Por lo visto, es el sino de este blog el ir alternando las entradas enjundiosas con las intervenciones que, por exigencias del guión, podríamos denominar como publicitarias. Y el guión exige ahora incorporar una serie de fotografías en forma de presentación con Picasa®. Y me ha parecido lo más conveniente hacer un pequeño homenaje a dos colecciones (editoriales, más bien) dedicadas a esto de proporcionarnos material para desbastar a nuestros alumnos: Edebé y Teide.

Por ello las primeras cinco imágenes pertenecen a la primera de las editoriales, que descargada, en gran parte, del peso pesado que emigró a otro Planeta (y cuyo nombre está infra: me niego a hacerle publicidad), ha optado por seguir proporcionándonos títulos de mayor enjundia, como el del último premio Edebé, escrito, nada menos, que por un novelista como Juan Madrid, una obra que, sin dejar de estar dirigida, en principio (también por exigencias del guión), a lectores más jóvenes, nos recuerda que la literatura no debería regirse con etiquetas, clasificaciones u oposiciones simplistas (femenina-masculina, juvenil-adulta, etc.), sino por la única diferenciación válida que existe: la cualitativa, la buena y la mala literatura, como es el caso también de la otra novela recomendada, esta vez de Andreu Martín, otro (indiscutible) maestro de la (buena) novela negra. Las otras tres imágenes de la editorial pertenecen a las adaptaciones de clásicos (El Cid, El Conde Lucanor y el Quijote) realizadas por Rosa Navarro Durán, quien fue profesora mía (y directoria de tesis) y de quien sólo puedo decir maravillas. Pero, al margen del peloteo retrospectivo, os diré un par de cosas: he visto a Rosa meterse en el bolsillo milagrosamente a un auditorio de adolescentes desinteresados hablándoles, nada menos, que de María de Zayas; y la lectura de la primera de las adaptaciones realizada por mis alumnos de 4º de E.S.O. ha sido plenamente satisfactoria: los alumnos han disfrutado con las hazañas del castellano. En fin, que todo esto es para romper una lanza a favor de este tipo de adaptaciones. Creo que no deja de ser realista superar nuestros posibles prejuicios puristas (¡el texto clásico es intocable!) y recordar que Martín de Riquer (nada menos, como ejemplo: el mayor cervantista vivo que tenemos) hizo su primer descubrimiento del Quijote precisamente gracias a una de esas adaptaciones.

Y seguimos, pues, con más clásicos adaptados, esta vez de la editorial Teide, que nos ofrece en su Biblioteca Teide una colección de clásicos de todas las épocas y literaturas, en versiones completas para muchas de las obras, pero también en versiones adaptadas con una calidad más que recomendable. Y las imágenes que he seleccionado son precisamente las de cinco textos que tendríamos que considerar irrenunciables: Las aventuras de Ulises, Narraciones de mitos clásicos, Los caballeros de la mesa redonda (leída en 3º de E.S.O., con resultados satisfactorios), Romeo y Julieta (leído éste por mi hija, de 4º de E.S.O., con notable disfrute) y Los viajes de Gulliver.

Os dejo con la presentación, que ya son horas.


lunes, 2 de junio de 2008

Contra Ios libros de verano, 1

Así que empiezo este espacio, una sección sin ninguna periodicidad, para ofreceros algunas reseñas de los libros que me he leído en los últimos tiempos y cuya lectura recomiendo vivamente por las razones que se expondrán. Son libros que podéis leer este verano, pero que nunca serán los típicos libros de verano, tipo best-sellers y demás, especialmente concebidos para desconectar, porque precisamente lo que pretendo es conectaros con lo que me parece de mayor interés y que requiere un tiempo de lectura. Que nadie se espere, por tanto, Zafones o Folletones, aunque no descarte la posibilidad de reseñar obras que hayan tenido un buen número de lectores, u obtenido premios de cierta repercusión social.
Y para empezar, un peso pesado, en todos los sentidos: Las benévolas, de Jonathan Littell, que apareció en octubre del año pasado, pero que estoy terminando de leer debido a su extensión y a mis limitaciones (paternales) de tiempo. Desde el momento en que apareció en francés, la obra obtuvo una amplia repercusión en su país y se hizo con algunos de los más prestigiosos premios del país galo, como el Goncourt y el de la Academia Francesa. Si queréis saber algo más sobre el autor, podéis visitar lo que de él se dijo cuando apareció la traducción en El país o leer las críticas (nada favorables, por cierto: que no se diga que no ofrecemos otros puntos de vista) de Gándara en El mundo.
En fin, como muchos ya sabréis, se trata de una novela extensísima, cuyas dimensiones (casi 1000 páginas, con un tipo de letra, además, de cuerpo bastante pequeño, y en página grande), la aproximan a los grandes novelones del XIX. No por nada ya hay quien la ha comparado con Guerra y Paz, de Tolstoi, aunque el tono y la dimensión moral sean muy distintas. La novela, relatada en primera persona, está protagonizada por un combatiente alemán de la Segunda Guerra mundial, quien rememora algunas de sus experiencias durante la misma, especialmente el avance alemán en el frente del Este, hasta el sitio de Stalingrado, y sus actividades como oficial de las SS, supervisor de los campos de concentración. Estamos ante un relato, por tanto, que, frente a lo más usual, nos permite ir viendo los acontecimientos desde el otro lado, el del verdugo, la sistemática y despiadada frialdad con que se acometió el genocidio (a veces con un detallismo burocrático irritante, que es lo que se pretende). Asistimos así a un descenso al peor de los infiernos, que no es únicamente el de los campos de concentración, sino el del alma humana, posiblemente capaz de lo mejor, pero también de las mayores atrocidades. Un relato soberbio que supone un auténtico puñetazo (moral) en el estómago (intelectual) de los lectores.
De algún modo, Littell también desmonta, narrativamente,la hipocresía de algunos de los tópicos revisionistas nuestros tiempos, como el de la presunta inocencia colectiva del pueblo alemán, o de parte de su ejército, o de algunos de sus ministros... Por no hablar, obviamente, de la peor patraña del revisionismo, la inexistencia misma del genocidio nazi. Una sociedad, la del nacionalsocialismo, absolutamente entregada a la voluntad del líder, Hitler, quien decide sobre el destino de millones de personas en nombre de palabras hueras, falsos fetiches que sustituyen a la Religión, como son Nación, Pueblo, Raza...
No es para desanimaros, pero el vídeo que acompaña esta entrada servirá para haceros una idea de la crueldad humana que motiva la novela. Una obra que os recomiendo, a pesar de que, como el vídeo, va a ser una experiencia desagradable. Pero contra la desmemoria, el olvido o la mentira, es necesario, de vez en cuando, hacer un esfuerzo y seguir señalando cuáles son los peligros que nos acechan.

sábado, 31 de mayo de 2008

Intermedio: anuncios publicitarios

Bien, estaba viendo yo las noticias anoche cuando me encuentro con que ha vuelto a aparecer el enésimo anuncio de e-book, es decir, de libro electrónico, esta vez con Amazon, el gigante de las ventas de libros a través de Internet, como principal impulsor de su Kindle, que así se llama la criatura. La verdad es que el artilugio es más mono que los aparecidos en otras ocasiones, pero sigue faltándole ese espíritu que ha hecho del libro, como decía Umberto Eco, uno de los mejores inventos de la humanidad. La sencillez y la perfección del libro tradicional son muy difíciles de desbancar (véase un cuadro comparativo). Claro es que a mí me solucionaría bastantes problemas de espacio (intentad hacer compatibles 5.000 volúmenes y cuatro niños de 16 a 1 año), pero sigo prefiriendo hacer filigranas y guardarlos en doble o triple fila, almacenarlos en el trabajo, en casa de mi madre, prestarlos (a propósito, ¿alguien va a prestar un aparato de más de 200 euros?).... Y, ya que estamos, ¿os imagináis vuestras bibliotecas escolares con una única estantería y cien, doscientos e-books únicamente (y atados con una cadenilla, además)?
Os dejo también un pequeño vídeo al respecto. Me imagino que ya lo conoceréis, pero vale la pena verlo de nuevo.
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viernes, 30 de mayo de 2008

INCIPIT. HISTORIA DE UN EX LIBRIS

Empieza aquí este blog dedicado a los libros (y a lo que se tercie y que guarde cierta relación con eso que llamamos cultura literaria) cuya denominación de origen tendría que haber sido "El desván de Xavier", pero que por esas exigencias del guión informático (esos malditos acentos que la máquina se niega a admitir), me he visto obligado a cambiar con un sinónimo. En fin, la idea es la misma que la que inspira la sección de mi página web que puede ostentar tal nombre: un espacio donde pueda almacenar textos y materiales de lo que en cierta ocasión denominé "filología recreativa", un blog misceláneo donde habrá un poco de todo (no por nada, las misceláneas eruditas del XVI y XVII eran uno de mis géneros predilectos).
Y como quiera que lo prometido es deuda, empezaré con la historia del ex-libris que ilustra esta primera entrada y que tengo casi como emblema oficial, una historia que, en la pluma de Trapiello, indudablemente ganaría más, pero que no me resigno a dejar que quede en el olvido. Porque de eso habla, precisamente: de olvido, de libros, de azares y destinos.

Como sabrá el lector (mentira, claro: es licencia poética), uno (éste sí que es puro Trapiello) dedicó varios años de su vida a escribir una tesis doctoral titulada La novela bizantina española: características y desarrollo (que llegó a publicarse en 1996 con el título levemente cambiado). En dicha tesis, como resultará obvio para el discreto lector que repare en el título, analizaba varias novelas bizantinas, entre otras obras mediocres y no tanto, desde el mismísmo Persiles hasta Entendimiento y verdad: amantes filosóficos (pestiño alegórico donde los hubiera o hubiese). Y un lugar principal lo ocupaba Eustorgio y Clorilene, novela de un cierto Enrique Suárez de Mendoza que no era de las peores, sino todo lo contrario: sabía conjugar las aventuras amorosas propias del género bizantino con reflexiones de carácter didáctico dedicadas al príncipe cristiano (un género en sí mismo) que la singularizaban dentro del conjunto, a lo que tendríamos que añadir una ambientación insólita, el este de Europa (no se olvide que suele hablarse de esta obra únicamente por ser una de las fuentes de La vida es sueño de Calderón).

Pero lo cierto es que mi historia no se refiere tanto a la obra en sí como a sus aledaños, a esa masa de seres que pulula alrededor del cadáver de un libro, los filólogos (yo el primero, que conste), dedicados, se supone, a desentrañar los secretos de una obra y a quienes en ocasiones tiendo a ver como una forma parasitaria de la literatura (yo el primero, que conste por segunda vez, y no voy a insistir más en ello). Porque si desconocida para los lectores era la obra de Suárez de Mendoza (tuvo tan solo dos ediciones en el XVII, para luego desaparecer en las bibliotecas, sin que nadie, hasta el siglo XX, volviera a reparar en ella), más desconocidos, anónimos e irrelevantes, eran todavía todos los que se dedicaran a escribir sobre la misma. Por ello, fijarme por un momento en un desconocido que, como yo, se hubiera aproximado a una de esas obras olvidadas, tan olvidadas, era una forma de hacer un pequeño homenaje a esa forma mínima de vida que tan escaso relieve, tan poca huella, consigue dejar en la cultura y en la literatura.
En fin, ese desconocido se llamaba J. Van Praag.
(Continuará, tal vez en otra parte).